La geometría de las ausencias

Cuando desperté en la casa de Lorenzo, el sol ya atravesaba las persianas como si tuviera prisa por llegar a algún lado, dibujando líneas en el sillón donde había pasado la noche. Lorenzo estaba en la cocina, una sombra alargada por el contraluz de la ventana, sus rizos caramelo tan imperturbables como los ojos azules con los que siempre parecía mirar más allá de lo que yo decía. Éramos, en otro tiempo, el crush universitario del otro. Pero el tiempo pasa, y con el tiempo llegan las relaciones, los silencios y los ladrillos.

Los ladrillos. Lorenzo había construido esa casa ladrillo a ladrillo, como si cada pieza fuera un pedazo de su historia que intentaba poner en orden. Ladrillos de familia, de su padre, dueño de una fábrica que hacía ladrillos con nombres extraños y técnicos que él podía recitar de memoria. Yo admiraba esa casa como se admira un cuadro en una galería ajena: con respeto y distancia. Pero él estaba orgulloso, y eso bastaba.

Pasamos las mañanas en su estudio, un espacio diminuto junto a su cama que él había bautizado “Radio en Suite”. El nombre tenía algo de absurdo, y yo me reía cada vez que lo decía. Grabábamos entrevistas para un podcast que apenas escuchaban nuestros amigos. Lorenzo tenía la esperanza de que inspiraríamos a alguien. Yo solo esperaba que el café no se enfriara demasiado rápido. Entre risas y anécdotas, supe que estaba haciendo terapia, que había dejado atrás sus noches de adicción, y que planeaba un viaje a Córdoba con algunos amigos. Me invitó. Acepté, porque a veces aceptar es más fácil que decir que no.

El viaje comenzó en su camioneta, esa mole negra que parecía demasiado grande para las calles de Buenos Aires pero perfecta para las sierras. Íbamos cinco: Lorenzo y yo adelante; atrás, Alejandro y Marina, una pareja moldeada como piezas de un rompecabezas viejo, y Daniela, una amiga recién agregada al grupo, con una presencia tan excesiva como sus tetas operadas, según me confesó en voz baja. Cada uno tenía una historia que parecía encajar con precisión en esa camioneta, aunque no estábamos seguros de qué hacíamos juntos.

Córdoba nos recibió con su aire caliente y sus montañas que parecían desafiar al tiempo. El resort al que llegamos era un sueño de revista, todo blanco y perfectamente silencioso, tanto que cualquier sonido parecía un sacrilegio. Había algo en ese silencio que inquietaba, como si el lugar estuviera conteniendo el aliento. No había recepción, solo una cocina fría donde una mujer nos recibió con frases genéricas y una sonrisa de plástico. “Javier está en el pueblo”, dijo, refiriéndose al amigo perdido que Lorenzo y Alejandro querían encontrar. Todo esto era, según ellos, una misión de rescate.

La primera noche transcurrió entre pequeños roces con las reglas del lugar. Alejandro insistió en instalar su televisor gigante, Marina y Daniela pusieron música en la piscina, y yo me limité a observar cómo el lugar parecía absorber cada transgresión con una indiferencia incómoda. Era como si el resort estuviera diseñado para algo más, algo que ninguno de nosotros entendía todavía.

Fue durante una de mis caminatas solitarias cuando encontré el salón. Una cortina apenas abierta dejaba entrever algo imposible: una nave espacial en medio de un set de televisión improvisado. El objeto, un cilindro brillante con extremos afilados, era evidentemente falso, pero el simple hecho de su existencia era suficiente para desestabilizarme. Corrí a buscar a Alejandro, quien, al verlo, solo murmuró: “¿Qué demonios es esto?”. Lorenzo llegó después, su rostro una mezcla de incredulidad y fascinación. “Es Javier”, dijo finalmente, como si todo cobrara sentido.

Esa noche, el resort se transformó. El silencio se rompió con un grito que nadie pudo identificar, y el cielo se iluminó con luces que no pertenecían a ninguna estrella. Lorenzo, Alejandro y yo salimos al jardín, nuestras sombras proyectándose contra las paredes blancas. Marina y Daniela nos seguían, pero algo en sus ojos había cambiado. En el aire flotaba una sensación de que habíamos cruzado un umbral invisible.

“Esto no es un lugar de descanso”, dijo Lorenzo, su voz apenas audible sobre el sonido del viento que había comenzado a soplar. Nadie respondió. Sabíamos que él tenía razón.




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