Una caperucita sin lobo
Había una vez, cuando tenía apenas siete años, un sentimiento que nunca había experimentado antes: el primer amor. Luis Alberto Fernández era su nombre, un compañero de tercer grado con un cuaderno que ostentaba grandes dieces felicitados y una inteligencia que yo encontraba fascinante. No era el más alto ni el más fuerte; de hecho, era flaquísimo y un poco más bajo que yo. Pero nada de eso importaba. Su brillo en clase era suficiente para que mi corazón se llenara de curiosidad y admiración.
Un día, mi fascinación por Luis me llevó a hacer algo atrevido. A la salida de la escuela, decidí seguirlo. Quería saber dónde vivía, como si ese simple dato pudiera acercarme más a él. Caminaba unos pasos detrás de él y de su papá, como una pequeña espía en una misión secreta. Me escondía detrás de los árboles cada vez que sentía que podía ser descubierta, sin ninguna razón aparente, más que el deseo de mantener mi misión en secreto.
El recorrido se alargaba, y pronto me di cuenta de que estaba alejándome demasiado del camino que conocía. Era como si estuviera en un cuento de hadas, como Caperucita Roja, pero sin lobo y con un poco más de prudencia. Decidí que era hora de regresar a casa antes de perderme por completo. Mi aventura terminó ahí, pero la emoción de haber seguido a Luis Alberto quedó grabada en mi memoria.
Lo que más me gustaba de él no era su aspecto, pues, siendo honesta, no era muy agraciado, sino su mente. Mientras otros chicos y chicas jugaban en el recreo, yo me escapaba a la biblioteca. Los libros eran mi refugio, mi rincón secreto donde las historias y los personajes llenaban el vacío que sentía al no encajar del todo con los demás. Siempre me había sentido fuera de lugar, como una pieza de rompecabezas que no encajaba en ningún lado.
Luis Alberto, con su cuaderno perfecto y sus notas impecables, representaba todo lo que yo no entendía de la escuela. ¿Por qué teníamos que memorizar datos, números y fórmulas? Todo eso me parecía carente de sentido. Pero él hacía que pareciera sencillo, y eso despertaba en mí una mezcla de admiración y asombro.
Nunca le dije a Luis lo que sentía. Quizás porque, incluso a esa edad, sabía que éramos demasiado distintos. Yo, con mi amor por los libros y mi tendencia a perderme en historias imaginarias, y él, con su mente brillante y su mundo de cuadernos perfectos. No éramos lo que se dice una pareja pareja.
Si debo contar el primer beso, ese fue una historia aparte. Fue con un compañero de escuela, jugando a la botellita. Ya sabes, ese juego donde una botella de gaseosa gira en el centro de una ronda y, si la suerte te señala, tienes que darte un beso con alguien. Era el cumpleaños de mi amiga Gisela, a quien llamaban "la sube y baja" porque siempre tenía mocos colgando de la nariz, uno subía y el otro bajaba. La botellita giró en mi dirección y, de inmediato, todos comenzaron a gritar y reírse, sabiendo lo que me esperaba.
Yo, entusiasmada y nerviosa, miraba la botella girar, rogando tener suerte y que me tocara alguien que me gustara tanto como Diego. Para ese quinto o sexto año de escuela, ya había cambiado de enamorado. Diego no era tan inteligente como Luis, pero tenía una sonrisa que me encantaba, además de que era casi tan alto como yo. Mi abuela paterna solía advertirme que no creciera más, porque "así nunca vas a conseguir novio".
Finalmente, la botella se detuvo, apuntando a Rubén, mi amigo de sonrisa pícara y manos inquietas. Rubén me caía bien porque siempre estaba inventando cosas: un robot con un paquete de chicles, una radio desarmada que él decía que iba a mejorar. Era petiso, muy petiso, pero divertido, y siempre me hacía reír.
Nos levantamos y fuimos a la habitación de Gisela. Cerramos la puerta y nos quedamos frente a frente. Yo cerré los ojos, estiré los labios un poquito y apreté los dientes, deseando que todo terminara rápido. Rubén, por su parte, estaba feliz, emocionado. Sentía su lengua intentando abrirse paso entre mis dientes sin éxito. Cuando todo acabó, salimos de la habitación, y mientras todos reían y me miraban, yo no podía evitar pensar que el beso había sido extraño, casi divertido, pero también un poco incómodo.
Esos pequeños momentos, como seguir a Luis Alberto o besar a Rubén en el juego de la botellita, formaron parte de mi primera educación sentimental. Pequeñas lecciones que, con el tiempo, se convierten en anécdotas y recuerdos dulces, de esos que uno saca a relucir cuando quiere sonreír al pasado.



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