La habitación torcida
Los objetos me recibieron con la indiferencia con que se acepta a un huésped anunciado: sin entusiasmo, pero sin resistencia. La artificialidad de ese espacio fue de gran ayuda, nadie siente cariño por las cocinas de muestra, que dan esa ilusión de vivo. Ideal para olvidar. Había una habitación en mi casa que nunca supimos habitar. Al principio parecía cómoda. Tenía buena luz, paredes claras, una cama grande y la promesa de dos almohadas. Pero cada vez que tratábamos de entrar juntos, algo crujía. Como si las paredes respiraran solo cuando uno estaba solo. El aire nos empujaba hacia los extremos, al principio trate de plantar mis pies bien plantados y usar la fuerza de mis piernas para luchar contra el viento y no permitir que la fuerza natural de las cosas sigan su rumbo. Llegué a estar al borde de la muerte, haciendo todo lo que aprendí mal. Lleva mucho tiempo reconocer lo difícil que es pelear contra lo aprendido.
"El músculo no puede contra el mito.", susurró una grieta una noche. Yo la escuché. Ella no.
Ella decía:
“No me rompas las pelotas o me voy.”
La habitación se encogía cuando eso pasaba. Las esquinas retrocedían. Las lámparas titilaban.
¿Qué se construye con alguien que amenaza con irse cada vez que lo llamás por su verdadero nombre?
Le mostré mis cartas como quien corta un cerebro a la mitad. Gran error. Pensé que mostrarle mis miedos le haría quedarse. Pero supo muy bien qué hacer con ellos.
Los vio ahi tirados, los levantó uno a uno y se los guardó en el bolsillo, eligió uno en particular y se lo puso en la manga derecha, otro debajo de la lengua.
Caminaba sobre ellos como quien pisa ropa sucia en el suelo.
Una noche, después de dos botellas de vino, dijo algo que se pareció al afecto.
Pero las palabras estaban tan mareadas como ella. Y la noche, como todas, tenía demasiadas puntas sueltas.
"El músculo no puede contra el mito.", susurró una grieta una noche. Yo la escuché. Ella no.
Ella decía:
“No me rompas las pelotas o me voy.”
La habitación se encogía cuando eso pasaba. Las esquinas retrocedían. Las lámparas titilaban.
Yo pensaba:
¿Qué se construye con alguien que amenaza con irse cada vez que lo llamás por su verdadero nombre?
Le mostré mis cartas como quien corta un cerebro a la mitad. Gran error. Pensé que mostrarle mis miedos le haría quedarse. Pero supo muy bien qué hacer con ellos.
Los vio ahi tirados, los levantó uno a uno y se los guardó en el bolsillo, eligió uno en particular y se lo puso en la manga derecha, otro debajo de la lengua.
Caminaba sobre ellos como quien pisa ropa sucia en el suelo.
Una noche, después de dos botellas de vino, dijo algo que se pareció al afecto.
Pero las palabras estaban tan mareadas como ella. Y la noche, como todas, tenía demasiadas puntas sueltas.
Esa misma noche explotó contra si misma, pero terminó pateando un auto y buscaba pelearse con extraños, el contacto físico con un hombre me excitaba.
Y sí.
Siempre dudé de todo.
Pero no podía alejarme, era lo que necesitaba para ver otra vez las cosas como son.
Porque después de varios años, hay partes de mí que no conocía. Y él era la misma piedra pero con otra cara, pero nunca me lo dije.
Ella es tierna con todos. Conmigo, solo cuando se acordaba.
Nunca soñé con vivir con ella, como podría.
Y sí.
Siempre dudé de todo.
Pero no podía alejarme, era lo que necesitaba para ver otra vez las cosas como son.
Porque después de varios años, hay partes de mí que no conocía. Y él era la misma piedra pero con otra cara, pero nunca me lo dije.
Ella es tierna con todos. Conmigo, solo cuando se acordaba.
Nunca soñé con vivir con ella, como podría.
Menos tener un hijo. La idea de un hijo se sentía como plantar una flor en una baldosa.
Y eso nunca me dolió. Dolor es no saber lo que estás haciendo ni por qué.
Mi ilusión era compartir lo simple: las mañanas lentas, el pan tostado, el silencio cómodo.
Siento que ella me usa para ciertas cosas que le resultan útiles.
Pero no me respeta.
Y cada vez me enoja más.
Pedirle cariño se volvió una humillación. Ya no quería más correspondencias muertas.
Y ya no quiero más humillaciones. Ya no podia escribir cartas a un buzón tapiado.
La grieta de la cama era una fractura tectónica.
Era un abismo.
Una noche me levanté.
Fui al armario.
Saqué mis cosas.
No era la primera vez que me iba.
Pero esa vez, fui el único que lo supo.
Y eso nunca me dolió. Dolor es no saber lo que estás haciendo ni por qué.
Mi ilusión era compartir lo simple: las mañanas lentas, el pan tostado, el silencio cómodo.
Siento que ella me usa para ciertas cosas que le resultan útiles.
Pero no me respeta.
Y cada vez me enoja más.
Pedirle cariño se volvió una humillación. Ya no quería más correspondencias muertas.
Y ya no quiero más humillaciones. Ya no podia escribir cartas a un buzón tapiado.
La grieta de la cama era una fractura tectónica.
Era un abismo.
Una noche me levanté.
Fui al armario.
Saqué mis cosas.
No era la primera vez que me iba.
Pero esa vez, fui el único que lo supo.



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