Nubes colapsando
Su mente viaja siempre a lugares que no corresponden. Siempre ve fantasmas en el reflejo de sus ojos, se esconde de las personas que la miran, vuela por los cielos esquivando misiles de su creación, cava zanjas donde enterrarse viva, se muerde la lengua cuando piensa algo que no puede decir, las palabras se le escapan, siempre cree que tanta mala suerte es la confirmación de que alguien le hizo un mal de ojo.
Visita brujas que la aconsejan contra el mal, hace rituales para sacar los demonios de su casa, baila descalza al ritmo de mantras mientras le canta a los ángeles, exigiendo paz y amor, mientras exhala desde su nariz círculos de sahumerio contra las malas ondas.
Se obsesiona por personas que no conoce, no se siente de este planeta, juega con animales, gatos, perros, pájaros, llora sola mientras mira el sol debajo de un árbol triste.
Cabalga lejos sin rumbo, escapa, corre, se persigue. No confía en nadie: los amigos la abandonan, la lastiman; ella sigue pensando que todos la quieren matar. Sus planes nunca dan frutos. La energía y voluntad de sus pensamientos no están alineados con el universo.
El mismo universo que le manda mensajes todo el tiempo. Ve números de ángeles, corre hacia el 222, escapa del 666, se baña de luz con el 333 y mira de reojo al 111. Lo bueno es malo y lo malo termina siendo bueno.
No busca el conocimiento humano: ella es pura intuición. No hay relación humana que la satisfaga, pues su sentir es siempre desconocido. A veces se encierra porque sabe que algo no está bien en su interior; luego, por momentos, sale a flote y busca el contacto humano que tanto desea. Nuevamente se da la nariz contra la pared y decide volver a su casa: mete la cabeza debajo de la almohada, no habla. Si no se mueve, nadie la puede lastimar.
Pero el ciclo se repite: los culpables se van sumando a la larga lista, no hay inocentes, no hay aliados, no hay familia ni perro que le ladre o que la haga despertar de su pesadilla. No hay salvación, solo escape, solo ideas de alejarse y salir volando.
Despegar los talones del suelo y salir disparada como una bala a toda velocidad, dar la vuelta al mundo, mirar el mar, mirar las nubes explotar, ver la tierra desde la lejanía de la luna. Ver la Tierra y todos en ella como una semilla tirada en el piso, al costado de un camino que nadie va a mapear. No hay cartógrafo digno de tal territorio. El mapa no es el territorio y su creación no tiene límites, ni los tendrá, porque mientras las sinapsis de su mente viajen al infinito y más allá, los límites de este dolor, de este agujero en la cabeza, no se curan con cremas ni terapeutas.
No hay cosas que poner ni sacar. Este dolor es tan ella que solo cuando ella se termine, ese dolor dejará de habitar.



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